viernes, 25 de enero de 2013

La resurrección de los muertos


Aquel día era domingo, serían las 7 de la mañana y estaba amaneciendo, -llamaron bruscamente a la puerta,- mi habitación de dormir estaba en la primera planta tenía una ventana que daba a la calle, la abrí y levanté la persiana. Pregunté -“¿qué pasa?”, me respondieron: - “¡Corra usted, hay un muchacho tendido en medio de un carril, parece que está muerto!”.
Agarré el maletín rápidamente y con el mismo pijama que estaba salí a la calle, cogí el coche y me fui al sitio indicado, era un carril a las afueras de el pueblo, que daba acceso a una casa en la que vivía una familia.
Cuando llegué vi a un joven en el suelo que tenía encima una bicicleta, me acerqué, parecía que no respiraba, lo toqué, lo zamarreé y lo llamé pero no respondía, estaba frió pero noté, que aunque tenía cierta palidez, no eran las livideces de una persona muerta, esto lo reconocí a pesar de que ni siquiera me había lavado la cara y tenía los ojos casi pegados por las legañas matutinas de una noche de sueño y que permanecían allí todavía por las prisas de la llamada. Entonces, de repente vi en mi mente lo que probablemente había ocurrido, y con la fuerza que te surge del interior al saber lo que le pasaba y las circunstancias de el aviso, le "zampé" con fuerza dos tortas en la cara del muchacho que lo despertaron de su profundo sueño; sin ni siquiera inmutarse se levantó y se fue tambaleándose todavía.
La sorpresa del que me había avisado, que permanecía allí, a mi lado y que por unos momentos, sin dudarlo y según su rostro mostraba, creía en la resurrección de los muertos, y me dijo: “¡de verdad Don Ángel que yo creía que estaba muerto!”.
El joven había estado el sábado por la noche de marcha, y había bebido en exceso, a la vuelta iba en bicicleta hacia su casa y con la cogorza que llevaba se había caído en el camino quedándose dormido allí mismo.

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