miércoles, 26 de marzo de 2014

Que no medicalicen tu vida. #PastillasLasJustas

Tenía preparado un post relacionado con este tema y al enterarme de esta campaña lo he completado y compartido.

En una de mis frecuentes guardias en el UCCU (Unidad de Cuidados Críticos y Urgencias) de la Luisiana que también es un DCCU (Dispositivo de Cuidados Críticos y Urgencias), atendía a una matrimonio joven que traía a su hijo de unos ocho meses porque querían saber si le tenía que dar algo más para la tos además de un mucolítico (jarabe para los mocos) que ya le estaban administrando, porque no se le quitaba.

Al comenzar la historia clínica les preguntaba si tenía fiebre, entre otras cosas, me contestó la madre que no lo sabía ya que le estaba dando desde hacía quince días "el paracetamol y el ibuprofeno intercalado" porque a su hijo le estaban saliendo los dientes.
Dejé todo lo que estaba haciendo y presté atención a lo que me decía porque entendía que, a simple vista, ese era el problema de salud más importante del niño en ese momento. Intenté convencer al matrimonio que no era conveniente darle esos medicamentos al niño porque le estuvieran saliendo los dientes, que la salida de los dientes era algo natural, y sólo en casos concretos le podía dar algún medicamento analgésico durante pocos días.
Me contestaron que el niño estaba "rabiando" porque se metía mucho las manos en la boca, le expliqué que eso no es un signo de dolor sino que es un reflejo explorador, al final le tuve que decir que yo, a mi hijo no se lo daría, ya que fue el único argumento que me quedó, ya que se escudó tras una actitud hostil más aún cuando tras la exploración le recomendé no darle nada para la tos. 
Les aconsejé, a este joven matrimonio que no medicalizasen a su hijo y que tuviesen en cuenta  que a veces era peor el remedio que la enfermedad.

A mi consulta, otro día acudió una joven de veinte años muy preocupada porque le habían dicho por la calle que volviera a la consulta tras darle una analítica de sangre que se había hecho por un estudio de dolor abdominal, donde aparecían cifras de colesterol, con asterisco, de 268 mg/dL.
Le argumenté que estaba bien e indiqué hábitos de vida saludable sin más, en la calle la alertaron de que estaba muy alto y que debería decirle al médico que le recetase las pastillas para el colesterol, le expliqué razonadamente e incluso aunque no era necesario, le calculé el riesgo vascular por su gran preocupación.

A una paciente mía que estaba en una fase avanzada de una insuficiencia cardíaca, ingresada en el hospital decidieron buscar con pruebas invasivas la causa de su anemia, le aconsejé que desde mi punto de vista no era necesario, ya que en caso de tener algo no iba a variar su pronóstico de vida, y que era una prueba excesiva para los beneficios que le iba a producir. Pero no hay nada como que un médico de cabecera de un pueblo aconseje a un paciente y este se lo trasmita a un joven médico especialista de hospital: a los dos días colonoscopia, endoscopia oral y TAC con contraste intravenoso. Resultado nada concluyente en beneficio de la salud de mi paciente.

Son tres ejemplos que he rescatado sólo en los últimos días de la medicalización de la vida.



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