miércoles, 18 de marzo de 2015

#Anafilaxia, a veces la muerte falla

Era otro día cualquiera, había pasado casi una hora y media desde que llegué a la consulta, estaba gestionando bajas laborales, renovando y revisando tratamientos en recetas electrónicas, solventando problemas sociosanitarios, atendiendo a varios pacientes que venían sin cita, diagnosticando catarros y en ese momento derivando un paciente a la Unidad de Patología Mamaria por lo que se había detectado y yo estaba corroborando mediante palpación, tras la mampara. 

Fue entonces cuando entró el celador y detrás una auxiliar de atención domiciliaria, con cierta prisa, que me dijo:
- "dice Carmen que vaya, que se está ahogando". Entendí el mensaje perfectamente y me adelanté al diagnóstico, ayer estuvo en mi consulta y le prescribí amoxicilina, quizás era alérgica.

En pocos minutos acompañado por la enfermera estaba en su casa, pero cuando llegué era tarde, porque ella ya estaba allí, pálida, con restos de saliva en la boca, sin respiración, sin latido, con la cabeza flexionada lateralmente. Tenía que decidir en décimas de segundo si dejarla allí, fría, sin mirada, victoriosa e impasible o intentar devolverla a su lúgubre estado. 

En una habitación estrecha con algunos muebles desparejados, propios de una casa alquilada, que aparté para poder tirarla al suelo, se libró la batalla. 
Notaba palpitar rápidamente mi corazón pero mi mente tranquila se centraba en el protocolo de tratamiento adecuado, a la vez que debía buscar en mi maletín la adrenalina, unas tijeras, abrir la vía aérea, decirle a la auxiliar domiciliaria que llamara al 1-1-2 y que volviera a la consulta por una botella de oxígeno, mientras daba instrucciones a la enfermera, mi única aliada en la batalla.

En pocos minutos Carmen respiraba con dificultad, pero ella seguía allí, estaba pálida y seguía obnubilada, tirada en el suelo, aunque la tenía acorralada con la adrenalina y la vía canalizada que eficazmente colocó la enfermera. Llegaron refuerzos, la auxiliar, el celador con el oxígeno y dos vecinos a los que pedí ayuda a gritos desde la puerta momentos antes, para que sujetaran el bote de suero y nos ayudaran a moverla.

Acudió la ambulancia, logramos tras complicadas maniobras meter la camilla dentro de la habitación y antes de meterla en la ambulancia me di cuenta que la tenía derrotada, Carmen vomitó sobre mis zapatos y llamó con dificultad a su hermana, para que se acercara.

Cuando llegamos al hospital, ella ya no estaba allí, todas sus constantes eran normales a excepción de su pulso arrítmico probablemente por el efecto de las drogas. En cambio yo estaba mareado, nuestra ambulancia de suspensión trasnochada y los kilómetros hasta el hospital con un enfermo inestable son vertiginosos para mí.

En el trayecto de vuelta, pensativo y en silencio tras la dura contienda, ya no notaba su presencia, pero se que andaba por allí, agazapada en una cruce al paso de un coche, escondida tras un envase de medicamento, envuelta por una placa de ateroma o simplemente acompañando al paso del calendario.


Ya en mi consulta dos horas y media después esperaban los problemas cotidianos: un alta laboral, las pastillas de la tensión que Manuel se había olvidado recetar antes y que no le quedaban, recoger su citología, el informe de la revisión anual del cardiólogo, un niño con mocos, ... ellos no tenían porqué entender mi estado de ánimo. 
Nosotros a veces lidiamos con ella y se que temporal y ocasionalmente la muerte falla.

Abordaje de la Anafilaxia

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