jueves, 23 de junio de 2016

La niñera del comandante ha muerto

La conocí ya de mayor, tenia entonces unos 70 años, cuando la vi me recordó inmediatamente a la duquesa de Alba aunque yo nunca se lo dije, siempre la llamé María. Desde su primer aviso a domicilio por achaques, me recibía con un beso y una sonrisa.

Venía de Sevilla había estado sirviendo en la casa de un comandante del ejercito, de los antiguos de esos con bigote estrecho y la raya al lado engominada, vestido perpetuamente de militar, yo lo conocía de las múltiples fotos que María conservaba en el salón de su casa. Ella lo llamaba el señor, pero hablaba poco de él, se refería más a los dos hijos que cuidaba. Siempre permaneció soltera, aunque si la rondó tímidamente algún mozo que cumplía el servicio militar cuando iba a pasear con los niños al parque de María Luisa.

Desde el principio vino poco a la consulta, la visitaba en su domicilio, vivía sola y observada por sus sobrinas. Al entrar en la pequeña vivienda te penetraba un fuerte olor a naftalina que se aderezaba por la acogedora sonrisa de María, rodeada de todas aquellas fotos antiguas de la familia del comandante.

No habían cotizado por ella ni un día de los cerca de 40 que estuvo con ellos, aunque dice que la trataron muy bien, y jamás oí una palabra de rencor hacia ellos.  Tampoco vi jamás por su casa ninguno de los niños que tantos años cuidó.

María padecía de soledad hasta que sus sobrinas lograron ingresarla en la residencia del pueblo, allí era feliz, estaba acompañada y muy bien atendida.

Yo intenté en los últimos días, viendo que su fin se acercaba, no enviarla al hospital, pero las deficiencias de nuestro sistema sanitario en la atención al final de la vida hicieron que sus dos últimos días los pasara allí.

Pero a ella no le importó estaba rodeada de la familia que le quedaba, no estaba sola, que a fin de cuentas era lo que quería.



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