jueves, 3 de mayo de 2018

Vivir para envejecer

Nació antes de la guerra, tiempos duros en la campiña andaluza, fue un joven de los "tiempos de la hambre" como me cuenta, el espíritu de supervivencia le hacía competir con sus propios hermanos en la mesa por un corrusco de pan. 
Las enfermedades no lo trataron mal, no tuvo que consultar mucho al médico, aunque no había en el pueblo en aquellos entonces, tuvo que visitarlo en una ocasión en el pueblo de al lado por una herida producida en la pierna, cuando una rama de árbol se la atravesó, mientras cuidaba del rebaño de animales, de la que se recuperó totalmente.
Se casó y tuvo media docena de hijos, alguno de ellos quedó en el camino por "unas calenturas muy malas que le dieron cuando era un zagal", mientras me lo cuenta lo hace mirando al infinito, trasladándose a aquel momento en el tiempo con su memoria, el ceño fruncido y la voz pausada mientras me cuenta historias de otros tiempos.
Yo conocí al matrimonio hace 30 años ya mayores, su mujer tenía una salud frágil por unas tifoideas que la afectaron llegada a su madurez, la cuidó hasta que murió cuando estaba en el último lustro de los 70. El todavía permanecía joven a pesar de su avanzada edad y así lo reconocía el mismo, me decía "quiero seguir viviendo para hacerme viejo" rondando ya los 80 años, el único signo externo de su avanzada edad era la queratosis actínica que tenía por toda la cabeza debido a su fototipo y al sol de estos lares, a pesar de usar mascota cuando salía, y que se quitaba por respeto cuando entraba en la consulta. 
Y así lo hacía: comía saludablemente, no fumaba, se mantenía activo, era independiente de sus hijos, y hacía ejercicio cuando sacaba a correr a sus galgos, pero eso si procuraba no estar sólo, porque conocía y así manifestaba, que "la soledad era casi peor que la mala vida", por ello acudía a diferentes sitios para conocer a distintas parejas de su edad o más jóvenes que convivían con él un tiempo hasta que enfermaban, morían o simplemente lo dejaban. 
Tenía una forma de vida tranquila, era un hombre alto y delgado, le gustaban sus perros, de los que era un experto y conducía una pequeña moto con diferentes amuletos en el manillar, comía mucha verdura y frecuentemente masticaba una hoja de olivo y nunca tomaba Viagra® por decisión propia, a pesar de las múltiples parejas que le he conocido en estos últimos 20 años, pero eso si, siempre consultaba conmigo al mínimo signo de resfriado, porque como él decía "un resfriado mal curado te puede llevar a la muerte". 
Mi relación con él comenzó tras una asistencia de urgencia a su mujer, yo lo atendía poco, una de las primeras veces fue por una dislocación de hombro que sufrió cuando conducía dos galgos en una carrera. Me dijo en una ocasión que para llegar a viejo "era necesario tener al lado un buen médico al que poder consultar", por lo que me eligió como médico de cabecera, cosa que me llenó de orgullo, pero en el fondo tanto él como yo sabíamos que eso no influía mucho,  para llegar a cumplir los años que tenía. 
Una vez tuve que decidir si ponerle Sintrom® tras diagnosticarle una arritmia, y fue él realmente el que me hizo tomar la decisión correcta: primero me miraba a los ojos, luego cambiaba el destino de su mirada hacia el cielo mientras los cerraba, en ese momento comenzaba a contar una paradoja de su vida, que aclaraba la situación a dilucidar. Teníamos opiniones distintas en lo de los "resfriados mal curados" a lo que yo siempre le contestaba con un "eso ya es antiguo amigo" o en lo de la catarata del ojo, que el achacaba a un golpe que se dio en la zona periocular con una piedra al caerse de un burro hacía más de 50 años, de la que nunca se ha operado y cuando se lo sugiero contesta "para lo que hay que ver en este pueblo ya veo bastante"
Sus consultas eran precedidas por la retirada de la mascota de su cabeza, un apretón de manos y una amplia sonrisa. Esas consultas eran siempre para tomarme una segunda opinión, ya que según decía: "si había llegado a los 97 años con tan buena salud, era porque había tomado buenas decisiones en su vida con respecto a su cuerpo" yo lo escuchaba siempre como un alumno a su maestro. Al terminar de consultar "mi parecer" se despedía con un apretón de manos y un "hasta más ver" y una vez que traspasaba el umbral de la puerta se volvía a colocar su mascota.
¡No!, no ha muerto todavía, sigue viniendo a mi consulta, el día que muera, que lo hará, lo habrá hecho de viejo, porque ha vivido lo suficiente para envejecer.
Publicado en el Blog: Hablando de geriatría




Retrato de anciano
M.T. Aroz Ibañez

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